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Foto Van Van. Hacia las Dunas de Erg Chebbi

Las dunas de Erg Chebbi al fondo

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Foto Van Van. A la chavaleria le gustan las motos

En algún lugar entre Grand Atlas y Arcilah (Marruecos)…

A todos los chavales les gustan las motos…

… y a los mayores también!!

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Foto Van Van. La Grand Ghourd

Suzuki Van Van y la Grand Ghourd (Erg Chebbi – Marruecos)

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Suzuki Van Van Morocco (8). Larache – Tánger

Suzuki Van Van en Assilah (Marruecos)

Esta noche ha sido algo movidita. Los últimos días hemos ido cayendo algunos con el llamado “mal del viajero”, o “diarrea del viajero”. A pesar de que hemos sido prudentes respecto a las normas de alimentación, algunos hemos empezado con molestias gastrointestinales. Nada que no mejore un poco de Loperamida (Fortasec®) y sales de hidratación oral. Hoy agradecemos que solo tenemos unos 90 km hasta Tánger, ya que, el malestar general que provoca esta situación se añade al cansancio acumulado del viaje. Respecto a esta patología tan común, hay ser cuidadoso con las comidas, no lavarte los dietes con agua del grifo, etc. Sin embargo, las características fisiológicas de cada viajero también influyen; ayer mismo un compañero de ruta me comentaba que él había bebido agua del grifo casi todos los días…

Según salimos de la ciudad, atravesamos el estuario del oued Lukus. Este río desemboca en el océano atlántico a la altura de Larache, formando unos grandes meandros donde se mezclan las aguas dulces con las saladas del mar. Es un lugar propicio para la pesca de angulas que algunos de los viajeros las disfrutará en la comida de este día, y también cuna de los mosquitos que me han deformado la cara… Otro lugar que se nos queda en el tintero del viaje son las ruinas de la ciudad romana de Lixus, que se sitúan próximas a Larache. Ya tenemos un nuevo motivo para volver por estos lugares…

Seguimos por una zona plagada de campos de cultivos: naranjos, higos, trigo, olivos… Se ven los árboles, pero también distinguimos los productos de la huerta en las cunetas de las carreteras. A cada paso vas encontrándote vendedores: naranjas cacahuetes, patatas, higos, alubias,… ¿Os acordáis lo contentos que nos poníamos cuando con el Seat 127 de tu padre, tío o abuelo parábamos a comprar un melón o una sandía o un kilo de naranjas para merendar allí mismo, al lado de la carretera? Pues esos recuerdos me han ido viniendo a la cabeza mientras hemos recorrido esta zona del norte de Marruecos. Teníamos menos pero éramos más felices, sensación que me recuerda a lo vivido por aquí estos días.

Oceano Atlántico (Assilah)

Reflexionando ante el Atlántico

Nos recibe la ciudad de Assilah (Arcila) con el cielo algo cubierto por las nubes, que nos impiden disfrutar de la luminosidad de sus calles. Presenta unas características similares a las de las ciudades de la costa atlántica andaluza o portuguesa, no en vano de ambas culturas tiene raíces esta ciudad. Las casas están encaladas mezclando el blanco y el azul añil, y algunas de ellas se encuentran adornadas por pinturas murales de los artistas que allí viven o que la visitan en su famoso Festival de las Artes. Estos graffitis se renuevan año a año y le dan un colorido especial a la ordenada y limpia medina de esta población de unos 30.000 habitantes.

Tipica calleja

Es preceptivo dejar las motos al cuidado de un guardien, que como ya he comentado en post anteriores, es totalmente recomendable y seguro. Previamente hay que acordar con el jefe un precio, que suele rondar los 1 ó 2 dirham por vehículo.

Bab en Assilah

A lo largo del paseo que damos por esta ciudad, famosa por sus playas para realizar surf, nos vamos encontrando con españoles por todas partes, nada que ver con las localidades que hemos ido visitando los últimos tres días. Otro de los atractivos de este viaje es que, en tan solo 400 km, puedes pasar del Alto Atlas a la turística costa atlántica. En las tiendas de Assilah, pudimos comprar el famoso aceite de argán, que se extrae de una árbol endémico del suroeste de Marruecos y del oeste de Argelia. El aceite que produce sus frutos está muy de moda y se exporta como un producto de alto valor comercial. A nosotros nos servirá también para compensar en casa todos los días que hemos estado fuera. Creo recordar que un botecico de 100 ml, nos costó 3 euros .

Puestos de zumo de Naranja y graffitis en Assilah

Artistas callejeros en Assilah

El jefe de sala del restaurante El Espigón nos aconseja que tomemos algún fruto del mar del mismo océano que observamos desde las ventanas de su comedor. Almejas, gambas, doradas, y alguna ración de angulas componen las comandas. Es nuestra última comida en Marruecos, y se asemeja mucho a cualquiera que nos pudieran ofrecer en un pueblecito costero de Huelva, Cádiz o Málaga.

Una vez acabadas las viandas, partimos hacia el caos: hacia el caos organizado del tráfico de Tánger. Nos adentramos poco a poco en la ciudad que nos dio la “calurosa bienvenida” el primer día. Esta vez no entramos a la medina, pero nos volvemos a perder, ya que nos dirigimos dirección al muelle pesquero, y no al puerto desde el que parte el Ferry. No importa, rodamos por el paseo marítimo hasta lograr nuestro objetivo. A la llegada, lo de siempre: colas interminables, paisanos vendiendo toda clase de productos de lujo a precios de saldo y la gendarmería pidiendo papeles.

Esperando al Ferry (Tánger)

Esta semana se me ha pasado como un relámpago: el tiempo pasa rápido cuando los vivimos con intensidad, salvo cuando hay que esperar al Ferry de marras. La verdad es que el paso de la frontera esta vez ha sido “menos lenta”: solo unos 30 minutos esperando. Pero, cuando ya hemos cumplido los primeros trámites y nos dirigimos a la cola de embarque, uno de los compañeros de viaje no encuentra en ninguna parte el billete para poder montar su moto en el barco. Carreras, prisas, diligencias, gestiones a toda prisa para poder embarcar. Cuando saca el dinero para pagar en la ventanilla de la agencia y le piden los papeles de la moto para formalizar el billete, aparece la ticket de marras… La barakka nos acompaña hasta la salida del país…

Desde el Ferry nos despedimos de la ciudad de Tánger, de Marruecos, de África. Rápidamente nos encontramos en medio del mar; la estela blanca del barco contrasta con el azul oscuro y profundo de las aguas del estrecho. Aún con todo, se me asemeja a una gran calle o avenida, por el tránsito de barcos de este a oeste, con sus dos aceras o costas que están cercanas, pero a la vez lejanas.

En la popa del barco y acompañado por la puesta de sol, vengo haciéndome una penúltima reflexión. Maghrib al Aqsá”, “el remoto occidente”, es la denominación que tiene Marruecos en árabe. Para muchos de nosotros el concepto de este país siempre ha tenido este atributo: lejano y remoto. Normalmente esta frontera siempre es mayor a nivel mental, a pesar de que geográficamente sean nuestros vecinos y que durante siglos haya habido un trasiego de hombres, cultura y tradiciones entre ambos lados del estrecho. En mi caso, visitar Marruecos ha sido mi viaje más lejano a un lugar muy cercano. Está claro que no puede ser el último.

En el estrecho

 

 Video resumen de los tres últimos días:

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Suzuki Van Van Morocco (7). Marruecos Interior (de Kenifra a Larache)

Khenifra

Entre Ksar El-Kébir y Larache

Ha sido toda una experiencia el alojarnos en este hotel, fuera del recorrido turístico habitual y de las postales. Mientras vemos despertar la ciudad de Khenifra en una terraza junto al hotel, desayunamos al más puro estilo europeo: “café au lait” (léase “café olé”), con unos croissants cremé (léase “cruasán). Hoy nos encaminamos por un Marruecos menos turístico. Nos acercamos a Meknes por la carretera N-8, hasta Azrou, y posteriormente por carreteras regionales (R-705) hasta Sidi Slimane. Más tarde, seguiremos recorriendo comarcales y la N-1, pasando por Souk Elarbaa Du Gharb, Ksar El-Kébir, hasta llegar a Larache (rio Lukus). Todas ellas con buen asfalto y, sobre todo, con arcenes menos comprometidos que en los días anteriores.

Khenifra

Preparando los petates en Khenifra

Acompañado por el ronroneo de la RV, y el paso los monótonos kilómetros, venía yo pensando en la diferencia entre nuestro concepto de “bueno, con todas las comodidades” frente al que tienen los marroquíes. Está claro que nos hemos apoltronado en todos nuestros lujos; en este caso no asiáticos, sino europeos.

Vamos haciendo ruta a lo largo de extensos campos de cultivos, se trata de la zona hortofrutícola de Marruecos por excelencia. Al paso nos siguen saliendo lugareños, que no dudan en ofrecerte un saludo al pasar. Aquí las mujeres no son tan esquivas como en el sur de Marruecos; allí, en muchas ocasiones desviaban la mirada e incluso se tapaban la cara a nuestro paso.

Siempre presentes, como en todos los días de nuestra ruta, se encuentran los simpáticos borriquillos. Y en estos lugares, con mayor actividad agrícola, más si cabe. Es todo un descubrimiento poder disfrutar de la presencia de estos plácidos animales, algo que ha desaparecido del paisaje de nuestras zonas rurales. Estos equinos que en su origen vivían de forma salvaje en los desiertos, parece que aún tienen un sitio destacado en el campo magrebí. Viéndolos pastar tranquilos y con sus ojos entrecerrados, parece que piensan que los que por allí transitamos no somos más que ingenuos animales que nos creemos ilustrados.

Borriquillos

Llegando a Sidi Slimane (78.000 hab), nos dan la bienvenida como señales de humo, las fumaradas de las parrillas callejeras. Estos puestos de comida callejera se componen de varias partes. La principal es la chacinería, con su maestro carnicero al frente, donde elijes de primera mano el producto que deseas comer. Por otra parte, la parrilla propiamente dicha, donde se encuentra el director-perito de la barbacoa. Y la tercera es el salón comedor o terraza, donde se encuentra el jefe de sala o camarero junto con la directora adjunta de la caja registradora. Cada uno ejerce su función, y se diversifican los esfuerzos. Normalmente también hay un ordenanza o mozo de los recados, que te trae las bebidas del supemarché de al lado… Después de toda esta burocracia alimenticia, lo cierto es que la carne recién asada esta deliciosa. Normalmente suele ser cordero, pero también probamos chuletón de ternera y una especie de picadillo condimentado con ajo y perejil. Como siempre, acompañado de multitud de especias. En este restaurante nos ofrecieron “ras el hanut”, esa mezcla de hierbas y especias que es propia de cada vendedor o cocinero, que le da un toque tan especial a la gastronomía magrebí. Alguno metió en le petate una muestra de esta delicatessen, para poder disfrutarla a la vuelta el viaje.

Restaurante en Sidi Slimane

Sidi Slimane

Una vez habiendo acabado las comandas, continuamos ruta. A lo largo del recorrido hacia Larache, me llaman la atención los vendedores de todas clases que nos encontramos por la carretera. Pero los más estrambóticos son los vendedores de gasolina al por menor. En cualquier curva, recodo, subida del camino, o incluso encaramados a los árboles te encuentras a un paisano con una o dos botellas de plástico ofreciéndote el energético líquido.

Moteros en Afriquia

Llegados a Larache (107.000 hab.) y con la ayuda de un español que allí residía, nos dirigimos a buscar un hotel. De todas maneras, estamos ya en el norte de Marruecos, en la zona donde hubo influencia española en la época del protectorado marroquí, y eso se nota. No hay problema en la comunicación con los lugareños si lo hacemos en español, muchos de ellos lo entienden y hablan perfectamente. El hotel (Hotel Choumis) es algo más turístico, pero fue moderno allá por la época de los años 70 del siglo pasado.

Larache

Hotel en Larache

Tras pactar con en tres Petit Taxi un precio de 30 dirhams (3 euros), a 10 dirhams cada uno de ellos, nos edirigimos hacia la zona de la medina para cenar en un restaurante típico de la ciudad. Se trata de una cena más occidentalizada: nos ofrecen gambas y un fabuloso pez espada, acompañado de vino blanco marroquí. El salón bulle de gente autóctona hablando, charlando, vociferando… Nos vamos acercando a la península…

Al regresar al hotel nos encontramos con que no hay ningún bar abierto en los alrededores. No hay problema, el conserje avisa a un amigo del un local de enfrente, para que nos tomemos el último té a la luz de la luna de Larache. Nos aloja en una bonita terraza, alrededor de una bonita fuente y un bonito jardín, con la bonita luz de la luna casi llena, pero en la que había unos mosquitos que me dejaron la cara y las manos como el hombre elefante. No en vano estamos en el estuario del rio Lukus, aquel que atravesamos ya hace unos días en su recorrido más al este.

Mañana se termina el viaje, y como siempre cuando te vas acercando a este punto, comienza a asomarse una sensación de que vas a dejar algo atrás que no vas a poder recuperar.

 

Nos vemos en el siguiente y último post de este viaje…

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