Suzuki Van Van Morocco (7). Marruecos Interior (de Kenifra a Larache)

Khenifra

Entre Ksar El-Kébir y Larache

Ha sido toda una experiencia el alojarnos en este hotel, fuera del recorrido turístico habitual y de las postales. Mientras vemos despertar la ciudad de Khenifra en una terraza junto al hotel, desayunamos al más puro estilo europeo: “café au lait” (léase “café olé”), con unos croissants cremé (léase “cruasán). Hoy nos encaminamos por un Marruecos menos turístico. Nos acercamos a Meknes por la carretera N-8, hasta Azrou, y posteriormente por carreteras regionales (R-705) hasta Sidi Slimane. Más tarde, seguiremos recorriendo comarcales y la N-1, pasando por Souk Elarbaa Du Gharb, Ksar El-Kébir, hasta llegar a Larache (rio Lukus). Todas ellas con buen asfalto y, sobre todo, con arcenes menos comprometidos que en los días anteriores.

Khenifra

Preparando los petates en Khenifra

Acompañado por el ronroneo de la RV, y el paso los monótonos kilómetros, venía yo pensando en la diferencia entre nuestro concepto de “bueno, con todas las comodidades” frente al que tienen los marroquíes. Está claro que nos hemos apoltronado en todos nuestros lujos; en este caso no asiáticos, sino europeos.

Vamos haciendo ruta a lo largo de extensos campos de cultivos, se trata de la zona hortofrutícola de Marruecos por excelencia. Al paso nos siguen saliendo lugareños, que no dudan en ofrecerte un saludo al pasar. Aquí las mujeres no son tan esquivas como en el sur de Marruecos; allí, en muchas ocasiones desviaban la mirada e incluso se tapaban la cara a nuestro paso.

Siempre presentes, como en todos los días de nuestra ruta, se encuentran los simpáticos borriquillos. Y en estos lugares, con mayor actividad agrícola, más si cabe. Es todo un descubrimiento poder disfrutar de la presencia de estos plácidos animales, algo que ha desaparecido del paisaje de nuestras zonas rurales. Estos equinos que en su origen vivían de forma salvaje en los desiertos, parece que aún tienen un sitio destacado en el campo magrebí. Viéndolos pastar tranquilos y con sus ojos entrecerrados, parece que piensan que los que por allí transitamos no somos más que ingenuos animales que nos creemos ilustrados.

Borriquillos

Llegando a Sidi Slimane (78.000 hab), nos dan la bienvenida como señales de humo, las fumaradas de las parrillas callejeras. Estos puestos de comida callejera se componen de varias partes. La principal es la chacinería, con su maestro carnicero al frente, donde elijes de primera mano el producto que deseas comer. Por otra parte, la parrilla propiamente dicha, donde se encuentra el director-perito de la barbacoa. Y la tercera es el salón comedor o terraza, donde se encuentra el jefe de sala o camarero junto con la directora adjunta de la caja registradora. Cada uno ejerce su función, y se diversifican los esfuerzos. Normalmente también hay un ordenanza o mozo de los recados, que te trae las bebidas del supemarché de al lado… Después de toda esta burocracia alimenticia, lo cierto es que la carne recién asada esta deliciosa. Normalmente suele ser cordero, pero también probamos chuletón de ternera y una especie de picadillo condimentado con ajo y perejil. Como siempre, acompañado de multitud de especias. En este restaurante nos ofrecieron “ras el hanut”, esa mezcla de hierbas y especias que es propia de cada vendedor o cocinero, que le da un toque tan especial a la gastronomía magrebí. Alguno metió en le petate una muestra de esta delicatessen, para poder disfrutarla a la vuelta el viaje.

Restaurante en Sidi Slimane

Sidi Slimane

Una vez habiendo acabado las comandas, continuamos ruta. A lo largo del recorrido hacia Larache, me llaman la atención los vendedores de todas clases que nos encontramos por la carretera. Pero los más estrambóticos son los vendedores de gasolina al por menor. En cualquier curva, recodo, subida del camino, o incluso encaramados a los árboles te encuentras a un paisano con una o dos botellas de plástico ofreciéndote el energético líquido.

Moteros en Afriquia

Llegados a Larache (107.000 hab.) y con la ayuda de un español que allí residía, nos dirigimos a buscar un hotel. De todas maneras, estamos ya en el norte de Marruecos, en la zona donde hubo influencia española en la época del protectorado marroquí, y eso se nota. No hay problema en la comunicación con los lugareños si lo hacemos en español, muchos de ellos lo entienden y hablan perfectamente. El hotel (Hotel Choumis) es algo más turístico, pero fue moderno allá por la época de los años 70 del siglo pasado.

Larache

Hotel en Larache

Tras pactar con en tres Petit Taxi un precio de 30 dirhams (3 euros), a 10 dirhams cada uno de ellos, nos edirigimos hacia la zona de la medina para cenar en un restaurante típico de la ciudad. Se trata de una cena más occidentalizada: nos ofrecen gambas y un fabuloso pez espada, acompañado de vino blanco marroquí. El salón bulle de gente autóctona hablando, charlando, vociferando… Nos vamos acercando a la península…

Al regresar al hotel nos encontramos con que no hay ningún bar abierto en los alrededores. No hay problema, el conserje avisa a un amigo del un local de enfrente, para que nos tomemos el último té a la luz de la luna de Larache. Nos aloja en una bonita terraza, alrededor de una bonita fuente y un bonito jardín, con la bonita luz de la luna casi llena, pero en la que había unos mosquitos que me dejaron la cara y las manos como el hombre elefante. No en vano estamos en el estuario del rio Lukus, aquel que atravesamos ya hace unos días en su recorrido más al este.

Mañana se termina el viaje, y como siempre cuando te vas acercando a este punto, comienza a asomarse una sensación de que vas a dejar algo atrás que no vas a poder recuperar.

 

Nos vemos en el siguiente y último post de este viaje…

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