Almeria. Mar, Desierto y Sierras

Rumbo a Almeria

Si fuera aficionado al ajedrez, no habría estado mirando los pronósticos del tiempo durante semanas. Si fuera aficionado a los juegos de rol, no me estaría poniendo encima de la chupa el traje de agua antes de salir. Si fuera aficionado al póker, no hubiera utilizado el truco bizarro de los chicos de La Circunvalación: queda comprobado que lo mejor para el agua en las manos son unos guantes de cocina encima de los de moto.

Pero es lo que tiene la moto y salir de ruta larga en invierno. Vale, si; oficialmente comienzo la ruta el último día del invierno (20 marzo), pero el frente que cruzaría la península era un frente invernal, y yo debería pasar por debajo para llegar a Teruel y desde allí acercarnos lo más posible a Almería.

Aguacero, chaparrón, chubasco, precipitación, borrasca, tormenta, tempestad, tromba,…. lluvia. Desde las ocho de la mañana hasta las dos de la tarde: lluvia. Chaparrada,, temporal, tromba de agua, raudal, inundación… Lo mas divertido era cuando tronaban los camiones evacuando los charcos que había las roderas de la carretera entre Magallón y La Almunia de Doña Godina. Aquí llovía “de lado”. A pesar de todo, voy bastante bien protegido con el traje de lluvia, aunque esa maldita gotita que entra por la zona occipital y cuello, te hace sentirte tan mojado como la Carmen Maura en “Átame” , pero con unos cuantos grados centígrados en el ambiente… (Como 30 o 40 grados menos…)

Borrasca1

Al parar a tomar algo caliente en La Almunia de Doña Godina, aparte de dejar un charco bajo mis pies, comprobar que los dedos pueden pasar del azul cobalto al rojo cárdeno en unos minutos, pude valorar en las miradas de los paisanos del bar, no se si fueron de admiración, de desconcierto o de ver un chiflado que con el aguacero que cae, vaya en moto. No dejaba de mirarlos de reojo mientras apuraba el café, no vaya a ser que llamaran al 112 pidiendo un ingreso psiquiátrico…

Por otra parte, señores expendedores de gasolineras, si ves que vengo como vengo (“empapao”, “calao”, “chipiao”, “chirriao”…) échame gasolina, cóbrame, y no, no me ofrezcas la última gran super mega tarjeta de la empresa de gasóleos, no me interesa habitualmente y menos en estas circunstancias; lo que necesito es salir de debajo de esta borrasca lo antes posible, ¡gracias!

Desde Teruel a Almansa, el sol fue apareciendo de entre las nubes. Fui notando como mi cuerpo se esponjaba al sol como un bizcocho. Esperaba que fuera la última vez que me lloviera en este viaje. ¡Ay, que equivocado estaba! Pero, si había logrado pasar por debajo de la madre de todas las borrascas, lo demás sería como chirimiri para un motero de Bilbao…

Ya me disculpará amable lector que no ponga ninguna foto de este día, porque estaba todo a buen recaudo en la bolsa con su protector de lluvia… Aunque la humedad se coló por todos los lados y al llegar a Almansa, tuve que sacar todo de la maleta para ponerlo al lado del radiador, como si fuera la foto de los decomisos realizados a un grupo motero radical por la policía.

Mar

Cabo de Gata

Tierra árida batida por los vientos y erosionada por la violencia súbita de las lluvias ocasionales: Tierra de Cabo de Gata. Donde el color no es color; es tan solo la luz. La anterior vez que estuve por estos lugares, lo que más me llamó la atención fue la luz. Esperaba un paisaje lleno de luz, pero estos dos primeros días sorprendentemente, nos ha llovido y las luces estuvieron algo apagadas, secuestradas más bien. Pero, cuando la luz no existe hay que imaginarla…

El aislamiento de sus parajes, así como su insólita belleza, han convertido esta zona, en un lugar de indudables valores artísticos que ha atraído a pintores, fotógrafos, escritores y literatos… así como a hippies y moteros de mala condición (de hecho Vangel ya venía mucho por aquí antes de tener moto…)

Las Negras

Desde Tabernas y por carreteras secundarias bordeando la urbe de Almería, nos vamos acercando a Gata. Poco a poco va desapareciendo la civilización y los plásticos de los invernaderos, y surge un territorio plano donde solo el agreste de las formaciones montañosas que lo rodean hacen detener a la vista. Las montañas volcánicas de Cabo de Gata constituyen una pequeña parte emergida de una gran área magmática que se extiende actualmente bajo el mar. Esta es la razón de lo más peculiar del paisaje costero: cerros del color de la noche precipitándose a un mar del color del cielo, como grandes toros arremetiendo contra el océano.

Desde San Miguel de Cabo de Gata la carretera transcurre plácida bordeando la reserva natural de las salinas a un lado y, a tan solo unos metros, el mar atusando la arena de la playa. Tras una pequeña ascensión, pasando por miradores y acantilados de roca negra, llegamos hasta el punto geográfico del Cabo de Gata, donde se encuentra el mirador hacia el arrecife de las Sirenas. Se dice que esta escultura pétrea del litoral almeriense, estaba habitada por sílfides marinas que hipnotizaban a los marineros que por allí navegaban; pero la realidad parece más prosaica y parece ser que era un grupo de focas monje.

Tormenta sobre el mar Mediterráneo

Bordeamos el Cerro de La Testa, donde parece ser que estaba albergado el templo de la diosa que los púnicos llamaban Tartea, los griegos Afrodita y los romanos Venus. Nos acercamos a San José, para coger una pista que nos conduce de nuevo al mar, hacia las playas. La de Mónsul, con dunas doradas rodeadas de paredes de lava; y la playa de los Genoveses: una cala de arena fina y un paisaje salpicado chumberas. Así mismo, destacan los pitacos, algo tan característico el paisaje de Cabo de Gata, pero que parece se trata de una especie invasora. En la hermosa aldea de Las Negras, volvimos a sucumbir a otras especialidades culinarias de la zona. Un arroz marinero, y una parrillada de pescado y solo nos falta echar la siesta…

Aprovechamos las tarde para irnos tierra adentro. Las nubes se van haciendo cada vez más plomizas, el cielo nos avisa de que no nos va a dar tregua: que hagamos la ruta que queramos, pero acabaremos pasando por debajo de la borrasca. No pudimos disfrutar de las curvas de la subida que hay entre Carboneras y Garrucha, nos cayó un calderada de agua de cinco minutos, pero que nos dejo tiesos para el resto de la jornada…

Cortijo del Fraile

Por el interior del parque del cabo de Gata, puede apreciarse pequeñas cortijadas ruinosas que pertenecen ya al paisaje, recuerdan el pasado de lo que fue. Uno de ellos es el Cortijo del Fraile, escenario de película, e inspiración de relatos sangrientos. Se accede a el por una pista de arena roja y se encuentra situado en un paraje desolado. Con su estructura ruinosa, parece querer decirnos que desea deshacerse poco a poco, dentro del propio paisaje. La tormenta que teníamos encima y que al poco descargó, añade la nota dramática a la escena. Menos mal que se nos ocurrió preguntar a unos paisanos que por allí pasaban, que nos advirtieron de que la pista que íbamos a hacer, estaba convertida en un lodazal y que era mejor volver a Los Albaricoques. Y es que (Pluto nos ha aleccionado bien) somos muy de PAP (Pregunta Al Paisano) y algo menos de GPS (aunque alguna vez nos ha salvado también).

Y es que, efectivamente y tal como pudimos comprobar, en estas zonas desérticas no llueve más que dos veces al año, de forma torrencial y muy localizada. Enhorabuena: hemos estado ahí, en tiempo y lugar concreto. También nos llovió al día siguiente, así que podéis ir tranquilos este año a Almería: ya no lloverá…

Desierto

RV 125 Grisácea contemplando el Desierto de Tabernas

Un panorama intenso y espectral, regado con la luz (esta vez sí), se extiende ante nosotros. Paisajes evidentes, de tierra desnuda, sin aditivos. El desierto de Tabernas. Parece que un titán enloquecido ha arañado la tierra hasta sacarle los colores a las entrañas del mundo. Marrones, acres, pardos, sienas con toques zinc e incluso algún amatista despistado. Los arbustos aquí y allá. Los cerros arcillosos con sus torrenteras en forma piramidal, que se mantienen en pie a duras penas.

Creo que es la diferencia tan drástica de los desiertos con el paisaje habitual, lo que hace que vayamos en su búsqueda. Normalmente, la gente prefiere paisajes abiertos de hierba exuberante, con árboles, vegetación diversa y una vista despejada. Sin embargo, hacemos 1.000 km para pasear por el paisaje con pequeños arbustos en la roca desnuda y estar rodeado de barrancos que te cierran la vista los 360 grados.

Desierto de Tabernas

Las “bad-lands” un laberinto de ramblas y barrancos. Cauces de agua, que solo corren de tarde en tarde, aunque por la experiencia de estos días y por el paisaje que encontramos, se intuye que lo hacen de forma violenta y concienzuda. Esta furia hace que se formen profundas ramblas generalmente secas que, como una serpiente buscando el sol, zigzaguean hasta encontrar una salida de estas áridas tierras hacia el mar.

A cada recodo un nuevo panorama: un pequeño cañón horadado por las aguas minuciosamente, un barranco a punto de regurgitar de las entrañas de la tierra algún pedrusco, pequeños arbustos que aprovechan el tesoro de las precipitaciones de hace unos días. La arena es, en algunos casos como un batido de piedras, y hace que las ruedas se encallen levemente. ¡Vamos, vamos! Nos acompaña algún rebaño perdido, guiado por paisanos que van a los cortijos que se encuentran diseminados por las vaguadas. Desde alguno de ellos salen a saludarnos los críos. Me recuerda a el Atlas, pero esta vez el chaval tenía aspecto diferente: pecoso, pelirrojo, y con los ojos verdes. Probablemente hijo de algún nórdico escapado de aquellas tierras para vivir sin estrés en el desierto del sur de Europa. La alegría del crío al ver las motos es igual que para los cachorros de otros orígenes. En el fondo, sea cual sea nuestra tribu, a todos los niños nos gustan las motos…

Vanvaneando por desierto de Tabernas

Dentro del casco, voy recelando de que en la siguiente vuelta del camino va a aparecer de frente un jeep levantando polvo y conducido por Sir Henry Jones, mientras discute con su hijo. ¡No puede ser! Ahora vislumbro tras la visera del casco a T.E Lawrence comandando un batallón de beduinos. ¿Será el calor que me derrite la sesera o es que soy un peliculero? Por los retrovisores veo el casco de Juantxi, y temeroso, por si acaso no me paro, no vaya a ser que aparezca algún forastero, o lo que es peor: tengamos que pedir ayuda a algún personaje de la era Hiboria. Decididamente hay que ir a tomar algo.

Salimos del erial desde Santa Fe de Modújar hacia Gergal. Con el PAP (*) no hay problema, localizamos una auténtica Venta en el camino.

(*) Pregunta al Paisano. Versión analógica del GPS. Fases: parar la moto, levantar la visera, interaccionar con las gentes del lugar. Es sano, divertido y casi siempre consigues tu objetivo, llegar al destino propuesto. Es mejor preguntar de uno en uno. Dos PAP a la vez pueden dar sentidos contradictorios

Venta del Pino en Gergal. Comida casera. El dueño nos dice que se jubila; que le tocó la lotería el año pasado; que ya no quiere seguir con el ajetreo del negocio; que lo suyo son las cabras y que se va para la sierra de Filabres a cuidar de ellas. Nosotros iremos los próximos días; no tendremos un premio de la lotto, pero conseguiremos una buena gratificación motera.

Suzuki Van Van en Desierto de Tabernas

Sierras

Sierra de los Filabres. Puerto de Velefique

En el centro. Ahí se encuentra la Sierra de Los Filabres. Durante estos días nos ha estado vigilando, escondida tras nubes lejanas. Nos recibe un poco tímida: alguna retamas, higueras retorcidas y pequeños campos de olivos y almendros. Las ruinas de algún cortijo y alguna pita despistada completan el panorama. Una subida constante, pero poderosa a través de peñascos ocres y verdosos nos lleva hasta la cima del Calar Alto. Allí se encuentra el observatorio astronómico, que termina de dar el toque marciano a estas cumbres. Algunos jirones de nieve junto a la carretera, nos acompañan hasta el camping-mesón de Las Menas. Allí pude ver a mi amor platónico: una BMW R80 GS Paris-Dakar, totalmente restaurada… Nos da pie a seguir hablando de motos; llevamos hablando de motos 5 días y seguiremos 3 ó 4 más.

Calar Alto. Observatorio Astrofísico Internacional

Tras la montaña rusa emocional, ahora toca la de verdad: bajar a Bacares, subir la Tetica y descender el puerto hasta Velefique… Un porrón de metros de desnivel entre las subidas y la bajadas. La parte sur del Alto de Velefique es la más conocida, pero la que baja hasta Bacares, es también una delicia. No me extraña que este puerto sea conocido como “el Stelvio español”. Como yonquis de las curvas, nos tiramos montaña abajo…¡Como si no hubiéramos tenido curvas por hoy! Con el jirón naranja del atardecer reflejándose en las cumbres de la sierra, vamos descendiendo. Arriba, los cerros van pasando del rojo al cárdeno, y abajo, en el desierto, se van apoderando los azules y grises.

Sierra de Alhamilla. Cerca de Níjar

Junto a Tabernas la Sierra Alhamilla hace de farallón defensivo frente al mar. Vamos a subir hasta Colativí, y antes de salir y como muchas otras veces, la gente nos pregunta por las motillos. Esta vez con la suerte de que un paisano aficionado a las motos, nos sugiere y nos invita a ir por la pista de tierra que va de camino a su cortijo. ¡No se hable más, señor! Era un camino que el año pasado habíamos visto con ojos golosos y que nos transporta, en una sucesión de curvas de ocre tierra batida hasta el Pico Colativí.

Sierra de Alhamilla. Cerca de Turrillas

Desde allí podemos contemplar dos panoramas cercanos y distantes. Hacia el norte las suaves crestas del desierto: un oleaje áureo, que dibuja un mar sobre la arena. Al fondo las sierras azuladas, donde estuvimos ayer. Hacia el sur, Níjar y toda la extensión del campo de Gata que acaba en el océano. Entre nosotros y el Mediterráneo, en la lejanía, una hilera de color blanco sucio del plástico de los invernaderos, discordante con todo el paisaje.

Nos dirigimos hacia Níjar; bueno más bien nos despeñamos. El desnivel de la pista a su paso por Huebro, merece ese calificativo: despeñarse. Paramos en la plaza rodeada de casicas blancas a repostar, pero rápidamente nos abalanzamos de nuevo hacia los cerros marrones y pelados de la Sierra. La carretera no se si serpentea, zigzaguea o culebrea… Nos lleva a las ruinas de hornos de calcinación de Lucainena, testimonio del pasado minero de estas tierras. Descendemos de nuevo la Sierra de Alhamilla, pero esta vez de cara a las ramblas del desierto. En la bajada, nos encontramos con un ciclista hecho polvo. Destrozado nos comenta si queda mucho para la cima. Es la última subida de hoy, acude desde Baza hasta Lucainena campo a través., más de 90 km de subidas y bajadas. Tiene la cara desencajada, pero nos comenta que se encuentra bien, que solo necesita descansar unos minutos y tomar agua y algún fruto seco.

El día se va acabando y nos despedimos del erial de Tabernas. Cuando pase el tiempo (por ejemplo: un mes, cuando escribo esto), echaremos de menos estas ramblas secas, y pensaremos de nuevo en ir a algún otro lugar…

Vuelta a casa

Una vez que salimos de la depresión del desierto de Tabernas, nos enfrentamos a las sierras de nuevo. La provincia de Almería se asocia al sol y tierras desérticas, y prueba de ello son las crónicas de estos últimos días. Sin embargo, cuenta con comarcas interiores donde una vez en las alturas se puede apreciar que en ocasiones la nieve hace acto de presencia durante el invierno.

Vamos culebreando por la sierra de los Filabres hasta descender a la comarca de Albox, despidiéndonos definitivamente en este viaje de Almería. Desde la carretera, siluetas blancas sobre barrancos ocres es la panorámica que nos dejan los pueblos como Cobdar, Albox o Taberno. La carretera que nos acerca hasta la comarca de los Vélez, está vigilada por manadas de almendros que como un ejército extraterrestre forman filas sobre la tierra gris lunar. Es todo lo que puedo recordar, debido al sube y baja y al curveteo que nos regaló la AL-7101. “Cuantos más números en la denominación de la carretera más diversión”. ¡Es un axioma garantizado, oiga!

El pueblo de Vélez Blanco presenta un doble encanto: la belleza luminosa de su casas blancas y el emplazamiento de su callejuelas desparramadas alrededor del castillo que corona los primeras recuestas del cerro Maimón, como si quisiera vigilar la entrada de la Sierra María-Los Vélez. Esta vez si que podemos apreciar su belleza: hace unos días cuando veníamos hacia Almería, en ese mismo punto era el blanco del granizo el que nos saludaba. En esta comarca podemos apreciar estepas amarillentas trufadas de encinas, vigiladas de cerca por las crestas calizas de la sierra. Estos lugares luchan porque la denominen nacimiento del río Guadalquivir.

Seguimos por carreteras olvidadas. En el límite entre Lorca y Vélez Rubio, se puede apreciar desde la distancia una viejísima alcazaba que se levanta aún con dignidad. El castillo de Xiquena parece que quiere contar, a quienes sepan escuchar, relatos de escaramuzas en la lucha por la reconquista del Reino de Granada. Al circular por carreteras cuaternarias, tenemos la suerte descubrir paisajes algo insólitos, como una especie de campo de concentración con sus cabañas metálicas alineadas, que resulta ser una granja de cerdos. Así mismo, puedes encontrarte, por ejemplo, con una tortuga cruzando la carretera. Es gracioso ver como, en estas carreteras ignoradas de los mandamases, se pierde el boato de los cartelillos de anuncio de paso fronteras provinciales. Así vamos realizando el paso comunidades por la puerta de atrás, en plan bandolero…

Nos adentramos ya por Murcia, deseando llegar a la provincia de Albacete. Se nota que llegamos La Mancha: el horizonte es más plano, y la carretera rectilínea, sin dejar de ser divertida. Vamos dejando atrás diferentes villas: Caravaca de la Cruz, Calasparra, Jumilla, Yecla, hasta llegar a Almansa.

 

La jornada siguiente ya es un día en “modo return”. Aunque hoy termina nuestro viaje, no vamos a dejar de disfrutar las carreteras. Nacionales postergadas a un segundo plano, debido a las autovías y vías rápidas. Si a esto le añades la escasa población de las regiones por las que pasamos, las hacen una perita en dulce para rodar por ellas. ¡Que vivan las carreteras secundarias!. Pasamos por Springfield, sin ver a Homer y nos acercamos a la despedida con Hombre Cansado. “Tú a Cuenca y nosotros a Teruel”. Desde allí me dejo caer por la N-234.Una carretera ideal para ir solo, a tu aire, dejando que la moto vaya como quiera, sin agobios, sin tráfico. Pero hete aquí que siempre tiene que haber algún mentecato que se pegue a tí, te adelante en línea continua, te cierre el paso… Y no estoy hablando de varios coches, solo de uno. Una maldición vudú no estaría mal en estas ocasiones…

Pero no me quiero quedar con malas sensaciones de esta semana. Volvimos a ir a Almería, y volvimos a disfrutar de su luz, sus paisajes, sus carreteras.

Nos despedimos de la ruta acercándonos a Bardenas. De nuevo dos desiertos unidos por una moto…

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