Maestrazgo

Las tierras arrugadas

Entre páramos, barrancos, cárcavas y valles, me vienen a la memoria recuerdos de otros viajes. Un gigante ha arrugado un mapa por donde, dos vagabundos vamos empapándonos de estas tierras, en las que en su soledad está la magia. El Maestrazgo debe su nombre a los maestres de las órdenes militares del Temple y de San Juan que se repartieron su dominio en la Edad Media. Han sido tierras ricas, por tanto. Riquezas que ahora no se valoran.

Desde Teruel (otra vez inicio de ruta y de alegría de reencuentro con Juantxi) nos encaminamos a Cantavieja, capital administrativa del Maestrazgo aragonés. Antes nos acercamos a Valdelinares, pueblo mas alto de España. Comenzamos a darnos cuenta de la sobriedad del paisaje que nos acompañará en los próximos días: roquedos, pedregales y bosques conforman su estructura esencial.

Pino Escobón

Pino Escobón

Cerca de allí, no dejamos de ir a saludar al Pino Escobón, un ejemplar único en la comarca. Único y majestuoso… Misterios de la Naturaleza. Esa Naturaleza que por aquí no se anda con chiquitas; a pesar de estar rodando en julio, el cielo se muestra colérico, enojado y quiere caer, con rayos incluidos, sobre los pocos humanoides (motociclistas y ciclistas) que andamos por los barrancos entre Valdelinares y Cantavieja. Un paisano en Fortanete, no ha podido dejar de asomarse a su ventana a ver a dos botarates motorizados aparecer por los arrabales. Nos anima a seguir hacia Cantavieja, augurándonos que no nos mojaremos. El suelo es un desfile de riachuelos, pero nuestro particular hombre del tiempo acierta de pleno a pesar de que los cielos siguen brunos.

Una carretera tobogán nos conduce a Mirambel, un pueblo recogido en sí mismo. Una muralla a su alrededor parece proteger la atracción de sus callejuelas empedradas, como si no quisiera ser desenmascarada. Nos adentramos en sus rúas dignas de película y un cielo encapotado, gris plomo, pone una nota enigmática más a la escena.

Mirambel

Mirambel

Desde la última vez que pasamos por aquí, ha habido grandes arreglos en algunas carreteras. Este hecho quita el glamour de estar rodando por un lugar remoto e inexplorado. Supongo que los heroicos lugareños que habitan aquí, no opinen lo mismo que los aventureros de pacotilla que pasamos por estas tierras solo por afición.

Nuestro siguiente destino en el arrugado paisaje es Tronchón. Otra población típicamente de Maestrazgo: replegada sobre sí misma. Sólo los gatos, literalmente, salen a saludarnos y agradecemos la soledad y el silencio de sus callejuelas. Soledad y silencio que intentamos romper los mínimo posible con nuestras “amotillos”.

Tronchón

Tronchón

Gato curioso

Gato curioso en Tronchón

Atravesamos las sierras, la mayor parte de las veces sorteando la accidentada orografía sembrada de profundos barrancos. Pasada la población de Villarluengo, encaramada a una pared, nos encaminanos hacia los Órganos de Montoro, un conjunto de estratos calcáreos que conforman un espectacular farallón, y que asemejan a unos tubos de órgano de grandes proporciones, de ahí la denominación del lugar.

Órganos de Motoro (no del ministro)

Órganos de Motoro (no del ministro)

Rodeando barrancadas, con alguna masía perdida observándonos desde las lindes del camino, vamos encaminándonos hacia el norte. El embalse de Santolea, con sus aguas turquesas es una buena despedida al día. Finalmente desde Cuevas de Cañart, nos acercamos a Castellote, donde reposaremos nuestros maltratados traseros. Las carreteras bacheadas han hecho su trabajo de una manera concienzuda.

Embalse de Santolea (admirando las aguas turquesas)

Embalse de Santolea (admirando las aguas turquesas)

El Maestrazgo se ha mostrado por hoy seco, escarpado, rocoso, pero finalmente generoso con nosotros.

Las tierras solitarias

El paisaje sigue mostrándose desconfiado y osco al principio, pero es amable y hospitalario una vez te adentras en él. Hacemos una incursión por el Maestrazgo de Castellón, para volver hacia el sur. Bordeamos las tierras de Morella, a través de Castelfort, Cinctorres… Nombres que nos llevan a pensar en tierras fronterizas y guerreras en otros tiempos. Muchos de estos pueblos se encuentran situados en riscos y, muchas veces, fuertemente amurallados. Todos tienen un aire aristocrático, como queriendo diferenciarse de los pueblos del llano. Nos encontramos con Ares del Maestrat colgado en la montaña, bien defendido con barrancos a su alrededor.

Aras del Maestrat

Ares del Maestrat

Volvemos a cruzar hacia Aragón. El paisaje se muestra deshabitado, poco bondadoso con el ojo humano, pero lleno de una digna solemnidad. No extraña que estos lugares fueran tierra de maquis. Los barrancos, los despeñaderos y las quebradas son el paisaje habitual, propicio para ocultarse y reguardarse de los peligros. En mi caso, se me antoja como un lugar propicio para huir del peligro de la rutina.

La bajada hacia La Iglesuela del Cid fue suave, llena de quietud y de prados verdes. Al llegar, palacios y casonas de piedra adornan nuestro camino. Poco a poco, a ritmo vanvanero y por una collada repleta de pinos y quejigos, nos vamos acercando a Mosqueruela. No encontramos ni un alma por sus calles, pero mientras comemos, se desata el estrépito. Con alboroto, pasa una furgoneta y el altoparlante a todo trapo: “¡el chatarrero!, ¡ha llegado el chatarrero, oiga! ¡frigorificos, lavadoras, recogemos chatarra, oiga!”.

La Iglesuela del Cid

La Iglesuela del Cid

Volvemos a rodar por carreteras despobladas. Cuando miramos el mapa Michelín de papel (no somos mucho de GPS), volvemos a ver una carretera pintada en puntos discontínuos. Éstas son la nuestras, las de las Van Van, pero todavía más despoblada y solitaria. Pero estas sendas son tan discretas, que corremos el riesgo de no saber cuando comienza el desvío. No hay problema, somos adictos al PAP (Pregunta al Paisano). En Puertomingalvo, nos acercamos a un paisano que se baja de un Renault 4L y al que le saludan unas cuantas gallinas que le están esperando en un corralillo. Es nuestro “agente de movilidad”. Nos sorprende su castellano con un fuerte acento del norte de Europa, pero nos indica perfectamente por donde nos debemos dirigir.

Decir que la pista para llegar a Castelvispal es revirada y escarpada, es un eufemismo. Creo que no he estado en lugar habitado más recóndito. Se encuentra incrustado en una barrancada imposible, y para ir a él hay que coger el desvío en el camino que va desde la nada hasta ningún lugar, pero recorriendo el camino más retirado. Cuando llegamos allí, cuatro casas (literalmente) y una ermita nos reciben. Deben de ser tan pocos los foráneos que nos acercamos hasta allá, que unas mujeres salen inmediatamente a la plazuela del pueblo a ofrecernos un café. Agradecidos por la amabilidad de las lugareñas y elogiando la audacia de habitar aquel pueblito, abandonamos el lugar por una carreterilla de curvas, curvones, e hipérboles.

Castelvispal

Castelvispal

Una vez en la carretera principal (desierta) no nos conformamos con ir de manera sencilla al lugar donde alojarnos; vemos un desvío hacia alguna ermita perdida en el monte. Suponemos que comunicará con los pueblos más cercanos (Linares de Mora y Mora de Rubielos), y podremos hacer un recorrido circular. No andamos desencaminados, a veces vagar tiene sus recompensas, y esta vez vagabundeamos entre pinares y pradillos de altura, buen lugar para volver a experimentar el tenaz aislamiento de estos parajes. De camino, saludamos a otro ejemplar de pino monumental de estas tierras: el Pino Letrado. Nos recogenos en Nogueruelas a pernoctar, no sin antes desgustar la gran gastronomía del lugar, incluyendo el queso de Tronchón y la Ternera del Maestrazgo.

Pino Letrado

Pino Letrado

Reflexionando estos días dentro del casco, el Maestrazgo se me antoja como una metáfora del entorno rural de éste nuestro país, que se abandona y se queda ahí, solitario, sumergido en una desatención que no se merece.

La conquista de Javalambre

Debemos despedirnos de estos lugares y encaminarnos hacia tierras mesetarias. Pero no nos van a dejar marchar sin dejarnos indiferentes. Partiendo de Mosqueruela debemos atravesar la Sierra de Javalambre, con aspecto sosegado desde la lejanía, pero con entusiasmadas escarpaduras en su interior.

Vamos acercándonos a la sierra por carreteras flanqueadas de masadas y fincas situadas en los costados benignos de la sierra, donde, en estos días de julio, rivalizan el yermo estival y la cosecha.

Viaducto de Albentosa (antigua vía del tren)

Viaducto de Albentosa (antigua vía del tren)

Pasamos junto al viaducto de Albentosa, rémora de una antigua vía del tren minero que unía Teruel con el mar. Desde Manzanera nos internaremos a través de un camino encerrado entre pinos a conquistar el Pico de Javalambre . Previamente decidimos parar en una aldea del camino a reposar nuestros traseros e hidratar nuestras gargantas. Paramos a preguntar a un aldeano, que nos mira con sorna al preguntarle por una tasca… ¿Un bar? ¿Aquí?… ¡Si solo somos cuatro gatos…! Tras echarse unas risas con los majaderos motorizados, nos indica que o volvemos hacia Manzanera o si no, deberemos buscar una venta una vez cruzada la serranía… Nos guía convenientemente para hacer esto último.

La carretera va convirtiéndose en camino asfaltado y posteriormente en pista pedregosa, donde veremos algún gato montés y se nos echarán encima (literalmente) un grupo de cabras montesas o corzos, no habiendo que lamentar desgracias personales más allá del canguelo correspondiente.

Subiendo a Javalambre

Subiendo a Javalambre

Una vez en la cima, las praderas peladas de arboledas dejan ver más allá. Poniendo la vista hacia el Maestrazgo, barrunto que estos días atrás hemos realizado una visita al corazón de algo recóndito y misterioso.
Suzuki Van Van Grisácea en Pico de Javalambre

Suzuki Van Van Grisácea en Pico de Javalambre (al fondo el Maestrazgo)

Bajamos al otro lado de la sierra por unas hermosos páramos de alta montaña, salpicados aquí y allá de matorrales bajos. Más abajo nos encontramos cubiertos, de nuevo, de pinares y en los fondos de los valles, chopos y vegetación alrededor de los sedientos cauces veraniegos.

Caemos en Camarena de la Sierra, como lo harían los secuaces de un grupo de bandidaje serrano: sedientos, hambrientos y algo parcos en palabras. Venimos de la solitaria compañía del Maestrazgo y la sierra y caemos a la cruda realidad. Una imitadora de los colaboradores especiales de los programas de corazón de nuestra querida telebasura, se empeña a voz en cuello a que nos enteremos de todos los entresijos de su vida familiar y del resto de sus amistades y conocidos. Nos dió la comida, ¡si, señora! El ruido como violencia de baja intensidad. Solo la aparición de ¡el chatarrero, oiga!, hace que la voceras deba moderar sus decibelios y (¡por fin!) se vaya a su casa; eso y que tenía que preparar la comida a sus sufridos herederos, que lo dejó alto y claro antes de permitirnos disfrutar de las proclamas celestiales del camión de los electrodomésticos usados, a pesar de las advertencias de los lugareños de la existencia de un punto limpio en los alrededores…

Pico Javalambre (2.020 metros)

Pico de Javalambre (2.020 metros)

Desde Camarena, nos dirigimos a Teruel atravesando pueblicos rojizos como los acantilados de su alrededor. Se cierra así el círculo y en cuatro días hemos pasado por las calcinadas estepas aragonesas, los fríos páramos turolenses y las altas tierras del Maestrazgo.

De camino a Albarracín y bajo la solana de media tarde, me da tiempo a vislumbrar que el viaje por estas tierras tiene más de viaje a interior, al margen de visitar célebres y abarrotados pueblos, repletos de turistas con la cámara al hombro.

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