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Suzuki Van Van Morocco (6). Gorgues (Dadés y Todra) y Grand Atlas

Suzuki Van Van por el Grand Atlas (Marruecos)

Temprano por la mañana también es buena hora para admirar las formaciones rocosas de la Gorgue du Dadés. Los “Dedos de Mono” (o “Manos de Mono”) son unos estratos casi verticales de areniscas rojizas cuya erosión ha producido unas formaciones caprichosamente falangiformes. En la zona sur del valle se encuentra el “Cerebro del Atlas”, una formación calcárea que se asemeja al órgano anatómico menos usado por nuestra clase dirigente. Como decíamos antes, la luz oblicua del amanecer les sienta muy bien a estos dos monumentos naturales.

Las RV´s en el Cerebro del Atlas (Gorgue du Dadés)

Una vez desandado el camino hasta Todra por la carretera N-10, cargamos las motos de gasolina. Así mismo, llenamos los botes de gasolina extra que llevábamos (entre 3 y 5 litros por casco), ya que desde esta población hasta Khenifra (280 km) apenas hay dos gasolineras (Imilchil y Agbhala) y la autonomía de nuestras motos ronda los 175 km por depósito. Finalmente no hubo problemas en Imilchil, pero no queríamos arriesgarnos a que, al llegar a la gasolinera, nos dijeran que hasta mañana no se reanudaba la venta.

La garganta de Todra se asemeja a la fortaleza de un cíclope. Las paredes estriadas del desfiladero anaranjado te rodean por todas partes hasta más allá de la visión de unos mortales como nosotros. Los humanos desentonamos en tal panorama, sobre todo por la comparación en el tamaño: no están hechos estos desfiladeros en proporción al hombre…

En un lugar tan poético, también desentonan los turistas tipo pantalón corto, chanclas, camiseta de New York  y gorrilla de pescador, pero… Bueno, nosotros también desentonamos… Al fin y al cabo es uno de los lugares más turísticos de Marruecos…

Gorgue du Todra

Saliendo desde esta garganta y siguiendo el valle hacia el norte, nos adentramos en el Grand Atlas. Hasta hace poco esta carretera era el único paso habilitado por esta cordillera, y se trataba de una pista de tierra. Últimamente se ha asfaltado, y parece que ya na no tiene la añeja emoción de las exploraciones a un lugar lejano y remoto, pero se trata de una de las carreteras más bonitas por las que he viajado con la RV. Nos encontramos en una zona de influencia berebere: los  pobladores de estas aldeas (Imichil, Agoudal…) son descendiente de la tribu de los de los Ait Hadidou. Como todo lugar distante y recóndito, tiene sus propias leyendas; la más conocida la de los Lagos de Tislit y su gemelo Iselit. Se trata de una novelesca historia de amor entre jóvenes de tribus berebere en conflicto, cuyas familias no querían que se consumara su amor. Como os podéis imaginar, la cosa acaba en tragedia, con suicidios y demás.

Tizi -n-Tirherhouzine (2.805 m)

Impresiona comprobar como, teniendo que ascender la prolongada pendiente del Tizi -n-Tirherhouzine (2.805 m), las RV ni se inmuten. Sigo sorprendiéndome -aunque cada vez menos-, de la capacidad de sacrificio que tiene esta motillo. A partir de esta cota, accedemos a otro paisaje espectacular de características lunares, o más bien marcianas. Siempre piensas que el Alto Atlas va a ser una zona frondosa, con bosques y floresta… pero te encuentras con este panorama a semejanza de la estepa desértica de Kazajistán, pensando que va a aparecer Ulan Bator a la vuelta de una curva. La ruta es impresionante: se trata de un paisaje de alta montaña con los estratos de la tierra marcados en arbitrarias y curvas líneas, donde los lugares más resguardados se dedican a la agricultura. Recuas de asnos cargados hasta más alla de lo imposible nos acompañan a nuestro paso. Achacosos camiones y furgonetas, que por nuestras latitudes estarían en un desguace, sirven a la población local como medio de trasporte tanto de mercancías como de viajeros (si no son las dos cosas a la vez). Como siempre, en cada parada en el camino, aparecen grupos de niños. Pero en este tramo del recorrido y sin necesidad de pararse, ya sea en los alrededores de las poblaciones o en medio de la nada, la chavalería sale al paso de las motos con afán de recibir un saludo. Y no se conforman con un saludo normal, sino que intentan chocarte la mano en marcha, con lo que en algunas ocasiones hay que andar con cuidado de no llevarse a algún chavalín por delante…

Saludando a la chavalería (Imilchil)

 

Motos y moteros por el Grand Atlas

Motos y moteros por el Grand Atlas

Al llegar a Agoudal (1.900 hab), una de las aldeas más grandes de estos lugares, los expedicionarios que iban adelantados reservaron mesa en el Aubergue Ibrahim. Hasta este momento del viaje por Marruecos, y en lo que respecta a las comidas, habíamos aplicado (más o menos) el manual del viajero prudente: tener cuidado con el agua, y no comer cosas sin demasiada cocción (ensaladas, etc…). Unas fantásticas omelettes “al punto”, con huevos de gallinas criadas en las estepas del Atlas, tuvieron la culpa de que nos saltáremos dicha prudencia culinaria. Durante la comida la chavalería se arremolinaba y se encaramaba en las vallas del albergue,  alrededor de los astronautas que acababan de aterrizar por allí.

Agoudal

Por otra parte, el dueño del Aubergue, nos explicó el significado de las cruces bereberes que estaban decorando su restaurante: libertad (un buen logo para nuestra aventura…). Ibrahim nos asesoró sobre Khenifra, nuestro próximo destino. Nos recomendó el Hotel El Kamar, informándonos de que se trataba de un hotel “muy bueno, con todas las comodidades, con garaje, etc…”, así que nos decidimos por este establecimiento para dormir esa noche.

Una vez abandonamos Agoudal, todavía nos quedaba una buena jornada motera. Lo cierto es que nos quedamos con las ganas de hacer el Tizi n’Ouano (el “Puerto de la Tortuga”), a través de una pista a más de 2.900 m. Así que, como casi siempre en cada etapa nos quedamos con cosas por ver, para, de esta manera, crear una necesidad de volver a este lugar. Repostamos en la gasolinera de Imilchil, sin ninguna incidencia: no nos harían falta los litros de gasolina extra que llevamos.

Tizi N’Bab N’Ouayad (2.286 m)

Atravesado el Tizi N’Bab N’Ouayad (2.286 m), nos vamos adentrando en la zona norte del Atlas, donde va apareciendo paulatinamente la vegetación, hasta llegar a la zona de Aghbala, una región cada vez más “mediterránea”, con sus campos de frutales y cultivos que no nos abandonarían ya hasta llegar a Tánger. Esta carretera comarcal de segunda categoría se caracteriza por tener una franja asfaltada en medio de la misma, llena de socavones y de unos dos metros de ancho, y unos arcenes de tierra con un desnivel de varios centímetros. Una nueva clase en el máster de pilotaje por tierras marroquíes: la parte asfaltada es del que más aguante en la misma hasta encontrarse con el vehículo que viene de frente. Si te apartas muy pronto el camión seguirá por el asfalto, y tú tendrás que tirarte al arcén (nunca mejor dicho lo de tirarte…) Así que hay que echarle bemoles y no apartarse del camino (5,4,3,2 … … ¡aguanta, aguanta!). Así lograrás conservar la prioridad de paso, a pesar de que de frente aparezca un vetusto monstruo mecánico… 

Monstruos mecánicos (y vetustos)

Un gran lugar para hacer una parada durante este recorrido es el Lac Moulay Yaakoub, todo repleto de nenúfares y con miles de ranas croando su existencia a la luz del atarcecer. A pesar de la aderenalina consumida, de las buenas experiencias del día y de que es un lugar estupendo, está anocheciendo y hay que apresurarse: no nos apetece volver a conducir en la noche marroquí.

Lac Moulay Yaakoub

Conseguimos llegar a Khenifra (74.000 hab.) ya con la noche cerrada, pero sin ninguna incidencia a destacar, aunque anécdotas hay de todos los colores. La barakka está de nuestra parte. El hotel es digno de un capítulo en una novela de Paul Bowles. Es un hotel autóctono, no turístico. Con su ducha sin agua caliente dentro de la habitación y los aseos comunitarios, tan solo con una separación hombres / mujeres. Las ventanas de nuestra habitación dan a un patio interior cubierto por una tejavana (no me quiero ni imaginar el calor en pleno verano) donde oímos pasar la vida (bebes llorando, padres tomando el té, abuelos paseando…). Previamente y para se resguardaran de la noche, aparcamos las motos en la galeria interior de una tienda de ultramarinos (el “aparcamiento del hotel”). Una vez que hemos visitado el zoco y el mercado de carne de la ciudad, que se encuentran frente al hotel, buscamos un lugar donde cenar. Como si fuera la tonadilla de un encantador de serpientes, el humo de parrillas callejeras nos lleva a un buen lugar para probar una nueva delicia culinaria marroquí. El olor a carne quemada llega hasta nosotros, pero es solo uno de los aromas que componen la intensa y estruendosa atmósfera noctámbula de esta ciudad. El paisanaje lo completan el bullicio del zoco semanal, los puestos de zumos de naranja, el mercado de carne, los vendedores de pescado en plena acera, junto con cientos de personas que andan de aquí para allá.

Cenaremos carne a la brasa recién cortada (repetiremos en otras ocasiones como veremos en próximos post) y posteriormente nos dirigimos a una Pastisserie. Se trata de una típica pastelería donde te venden a granel los tradicionales pastelillos árabes elaborados con almendras y miel. Cuando le pedimos té, el dueño de la pastelería se dirige al camarero del bar de al lado para que nos sirva una taza de la popular infusión. Los dueños de los locales colindantes se ceden las peticiones de los clientes, y todos tan contentos. Parece que no existe la competencia feroz por la clientela que hay en nuestra cultura…

Nos dirigimos a la posada a través de una marabunta de gente que parece que no tiene cas. A pesar de lo desaliñado del hotel, abandonamos cualquier miramiento y nos preparamos para el bien merecido descanso.

Video resumen de los tres últimos días:

 

Nos vemos en el próximo post…

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Suzuki Van Van Morocco (5). Desde Hassilabed hasta Gorgues du Dades

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Amanece en Ergb Chebbi

El desierto despierta. Un cielo cada vez más enérgico, tornándose azul. La inmensa pared triangular de la gran ghourd, cambiando sus tonos hacia el grana. Un poco más abajo, las manchas oscuras del oasis. Mientras tanto, se van aclarando las sombras de los sifs de las dunas, como si fueran arrugas de algo muy viejo que vuelve a rejuvenecer. Destaca con la luz el azul de los hombres preparando a los camellos, que no sé si van tomando la tonalidad de la arena o la arena va tiñéndose del color de esos apacibles y curvilíneos animales. Parece mentira que un sitio que pensamos desolado, árido y monótono, nos regale tal conjunto cromático.

Desafío cromático

Amanece en Erg Chebbi

Como el hombre no puede vivir solo de poesía, tener la posibilidad de disfrutar del desayuno con un jamón ibérico en casa de Alí el cojo, nos alegra tanto como las experiencias vividas en pleno erg. Debemos continuar viaje, y hay que llenar los depósitos de gasolina. A lo largo de nuestro viaje, y a pesar de nuestra poca autonomía, no hemos tenido (ni tendremos) problemas a la hora de conseguir gasolina. Tan solo en esta gasolinera de Merzouga (la más alejada de nuestra ruta), había bastante gente esperando a cargar los depósitos, sobre todo a última hora de la tarde del día anterior;  alguno se quedó sin repostar, ya que a las 16:30 horas se habían agotado todas las existencias. Por lo demás, hemos ido encontrando gasolineras (Afriquia, Ziz, Petrom, Olibiya, Shell…), y ninguna moto ha notado la diferencia en el octanaje. En este sentido, en lo que respecta a la gasolina, si fuimos prudentes a la hora de atravesar el Atlas, como ya comentaremos. En las gasolineras encontramos también vendedores de recuerdos: pulseras, pañuelos, colgantes, orfebrería o dagas ornamentales. Algún vanvanero cargó en el equipaje una gumía berebere…

Una mañana de charla en el desierto

Estábamos en duda sobre si acceder a la zona de Tinghir por la carretera N-12 y posteriormente la R-113, pero al final por indicación de Youseff, conocedor de las vías que unen Marrakech con Merzouga, decidimos ir por la N-13 hasta Rissani, recorrer la R-702 hasta Tinejdad, y posteriormente la N-10 hasta Tinghir (Tinerir). Son carreteras bien asfaltadas, por donde vas alejándote de la zona desértica a través de la hammada. Se pueden observar palmerales en algunos tramos de la misma (sobre todo en Rissani), pero la llanura de piedras en algunas ocasiones se extiende sin obstáculos hasta más allá de la visión, haciéndote sentir con una sensación algo extraña, como pilotar a ras del cielo.

Cafetín (El Jorf). (40º a la sombra)

Una vez que vamos dejando atrás Rissani, El Jorf, Tinejdad, van apareciendo aquí y allá las montañas, con lo que la sensación de avance es mayor. En una de estas largas rectas, y al adelantarnos un Toyota 4×4, de la ventanilla de atrás surge un paisano colgado hasta la cintura. Con todo el ruido de las motos, conseguimos oír un “¡¡¡para, para, para, para!!!”… Se trata de Youseff, que va a recoger unos turistas a Marrakech. Por supuesto, paramos en medio de la carretera, y nos indicó que nos acompañaba a comer en Tinghir. Allí nos contó que se dedica a realizar rutas turísticas convencionales y también acompañando a grupos de moteros por carretera y off-road como coche de apoyo. Para la próxima incursión en Marruecos, y una vez habiendo visitado los paisajes más turísticos en este viaje, es probable que valoremos contar con él como apoyo y guía para nuestro viaje. En el restaurante, donde Youseff nos coló a varias decenas de turistas del norte Europeo, probamos el tajin de Kebah (carne picada con especias), toda una delicia. Y, ¿quién dijo que en Marruecos el café es malo? Antes de terminar de comer, ya nos había conseguido habitaciones en las Gorgues du Dadés.

Entre Todra y Dades

Nos fuimos acercando a las Gorgues de Dadés. Una vez repostadas las motos en un Afriquia de Boumalne Dadés, me aventuré a preguntar en inglés a unos chavales de unos 20 ó 25 años sobre la dirección a tomar, los kilómetros que nos quedaban y donde quedaba aproximadamente el hotel. Me sorprendió gratamente y agradecí que pudiéramos llevar una conversación fluida en la lengua de Shakespeare. No sé si en una cafetería perdida de nuestro querido país, las diferentes leyes de educación hubieran podido hacer a nuestros jovenzuelos expresarse tan bien en inglés con un forastero cualquiera. Así mismo, agradecí los buenos deseos para el viaje que nos dedicaron aquellos chavales. En mi experiencia, se trata de una actitud habitual de los marroquíes: amabilidad y parabienes para los viajeros y visitantes. 

Hawaii

En la cafetería de la gasolinera decidimos probar un Hawaii, bebida refrescante típica de Marruecos. Las sensaciones al tomarlo, me retrotrajeron a la infancia, aunque con percepciones algo más multifrúticas: el Tang era de un sabor único más o menos definido… Haciendo memoria, de las cuatro personas que tomamos dicho brebaje, tres de ellas caímos posteriormente con el virus del viajero… No se si hay correlación causal o es un error aleatorio…

Vanvaneros junto a los “Dedos de Mono” (Dades)

Las gargantas de Dadés han de recorrerse cuando el sol está bajo: al atardecer o al amanecer. El posible inconveniente que fue llegar con la caída del sol al hotel, se convirtió en ventaja al poder observar la cantidad de contrastes de colores en los contornos de las rocas rosáceas de los desfiladeros. Aparte de irte encontrando Kasbahs por todo el camino, las “Manos de mono” y el “Cerebro del Atlas” son dos monumentos naturales que no habría que dejar escapar si pasas por la carretera N-10 (se encuentran a unos 30 km desde la población de Boumalne Dadés). Así mismo, nos acercamos a las famosas curvas de la garganta de Dadés, un lugar motero por excelencia, para inmortalizar el momento.

Gorgues du Dades

Inmortalizando el momento

El hotel (Hotel Kasbah de la Vallé) se encuentra justo al lado de las famosas curvas de la carretera. Youseff nos reservó un apartamento de dos habitaciones con tres camas cada una y una habitación con tres camas. Junto con la cena y desayuno nos salió a 200 dirhams por persona (unos 20 euros). No está mal, ¿no?

Llegamos anocheciendo al Hotel

 

Nos vemos en el siguiente post…

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Suzuki Van Van Morocco (1). Tánger-Tetuán

Suzuki Van Van Morocco

La crónica de este viaje, comienza en Tarifa, pero el disfrute del viaje empezó mucho antes: aproximadamente en enero de 2014, cuando nos propusimos viajar durante unos 9 días en nuestras Suzuki Van Van para descubrir a nuestro país vecino.

Los preparativos consistieron en repartirnos entre todos los miembros del viaje (9 moteros) los útiles que pudiéramos necesitar en nuestro periplo; desde aparejos mecánicos (herramientas, parches y cámaras de ruedas, tortillería, bidones de gasolina, etc.), pasando por la planificación de posibles rutas, hasta la preparación de un botiquín de urgencia. Aunque apañamos todas las cosas para “no utilizarlas”, ha venido bien tenerlas a punto, ya que, al final por una cosa u otra, hemos ido necesitando muchos de los cachivaches que llevamos en la maleta. Por decirlo de otra manera, si prevés que es posible que haya que llevar una bombilla de recambio, el hecho de que el primer día se funda una, no supone un gran problema; ídem para tensado de cadenas, inflado/desinflado de ruedas, apriete de tortillería o una posible eventualidad gastrointestinal, como iremos viendo a lo largo de estas crónicas.

Los minutos previos y posteriores a embarcarnos en el Ferry en Tarifa, son los que menos cariño les voy a tener de todo el viaje. Un auténtico incordio: tomad papel verde, coged papel amarillo, llevad papel verde, traed papel blanco, rellenad papel amarillo, sellad pasaporte… ¡y la parte contratante de la segunda parte! Todo con prisas, arranca moto, pasa por arco, para la moto, te pongo un sello, poneros en fila, pero un poco en orden, fila de a dos, no de a tres, a ver usted, por detrás, pónganse antes que los coches… Total, luego parados porque el Ferry venía con más de media hora de retraso… Si llegas en moto de los últimos, casi mejor, vas a ir más tranquilo y te van a poner en primera fila para entrar por la disposición que tienen los amarres en el barco… . Conclusión: si vas en Marruecos, ármate de paciencia, hasta que seas engullido por el Ferry de marras.

Tras realizar el embarque, nos vamos despidiendo de España con la estela que deja el pedazo motor que tiene el aparato; podemos observar el Yebel Musa (la “columna de Hércules” que se sitúa en África).

Vista del Yebel Musa (Marruecos) desde el Ferry

Al fondo, Tarifa

En unos 30 minutos, llegamos al puerto de Tánger, donde procedemos de nuevo el “baile de salón” respecto al paso de la frontera (simplemente para entregar papeles, porque ya nos había sellado el pasaporte dentro del Ferry). Esta vez con la aparición de diferentes paisanos buscavidas, como ocurre en todos los puertos fronterizos. Finalmente accedimos a que, tras una pequeño reintegro monetario, unos lugareños nos rellenaran los papeles necesarios para traspasar al otro lado. Aún con todo, la gendarmería fue extremadamente diligente, tenaz y perseverante con los trámites aduaneros sobre todo de los moteros, porque (casualidad de la vida), pasamos la frontera, tras haber pasado todos los vehículos de más de dos ruedas y justo cuando se iba a cerrar el puesto aduanero, ya con el sol poniéndose en lontananza.

Una vez en tierra marroquí, comienza la gente a ofrecernos cambio de moneda, hoteles, comprar algún articulo de lujo (relojes de grandes marcas conocidas a 10 euros), etc… Declinamos las amables ofrecimientos, y nos dirigimos a salir de la ciudad; nuestro destino: rodar hacia la N2, dirección Tetuán.

Sin embargo, como buenos exploradores y una vez ya en un país extranjero, nada más llegar a Tánger decidimos romper las normas básicas que se recomiendan no realizar al llegar a Marruecos en moto. Por un “error” en el GPS, nos saltamos la primera de ellas: la de no entrar a la medina de las ciudades (entiéndase como parte antigua o casco viejo) con la moto, ya que es un lugar de calles estrechas abarrotadas de gente, puestos de vendedores y algún coche despistado. Cuando digo gente, me refiero a un decorado de pobladores de la ciudad comprando, vendiendo, peleando, rezando, paseando, observando, viendo la vida pasar,… Cuando llegamos a la plaza de la Medina de Tánger… Recuerdo la situación: nueve moteros despistados por calles estrechas y empinadas, atronando con Devils, MIVVs sin dB killer, sin saber a donde les conduce la próxima calleja, llegan a una plaza que a mi me recuerda a la del Ayuntamiento de Pamplona el día del chupinazo. Yo decidí bajarme de la moto a ver un mapa de la ciudad, pero la insistencia de una mujer árabe que me agarraba del brazo, diciéndome que me conocía de hace muchos años, me hizo sopesar la situación, e indicar al resto de mis compañeros que nos alejáramos de dicho lugar e intentáramos llegar de nuevo al paseo marítimo. Hubo una duda sobre si seguir las indicaciones de una señal (que era la buena), pero algo en el dialecto arábico de la misma nos creó la duda, y volvimos a pasar, esta vez de bajada, y por una calle menos transitada, por el centro de la Medina. Gracias a las amables indicaciones de varios lugareños conseguimos llegar a la autovía dirección Tetuán.

Camión típico en ruta por Marruecos

La segunda de las normas básicas es tratar de no conducir por la noche. Y esto no es porque vaya a salir la mujer de la curva, si no porque la gente en Marruecos vive por la noche y como iremos relatando, las carreteras son calles. Ya circules por los alrededores de una gran ciudad, te encuentres en el Alto Atlas o en un paraje desértico, siempre hay gente y vida alrededor de las carreteras. Relataré lo que pude ver en nuestro recorrido por la autovía N2 desde Tánger a Tetuán: rotondas en la propia autovía cada varios kilómetros, controles policiales (unos tres o cuatro en apenas 50 km), gente paseando en los arcenes, personas andando por la mediana minúscula de la autovía, bicicletas sin ningún tipo de luz en sentido contrario, autobuses que nos adelantan lijando nuestras motos dejando un reguero de humo y aceite, niños cuidando rebaños de ovejas (cabe decir que no hay vallas para impedir que los animales entren en la calzada), motocarros (Dockers) con escasa iluminación y a velocidades bajas,… Fue un master en conducción según el “maroc style”, lo cual nos vino muy bien para los días posteriores. Como resumen diremos que no conducen mal, solo diferente.

Maroc Style Driving

La llegada a Tetuán fue un alivio para todos. Si no queríamos tráfico, la ciudad se encontraba engalanada por la visita del Rey Mohammed VI a la capital de la Provincia, así que, si la circulación en las grandes ciudades del país es un “caos organizado”, con toda la parafernalia que mueven estos eventos se convirtió en un maremágnum de coches, dockers, camiones y rotondas donde gana el más osado… Gracias a las indicaciones de una amable lugareña, conseguimos llegar al Dream´s Hotel.

Tras una buena cena a base de tajín y una charla comentado todo lo vivido ese día, nos fuimos a las habitaciones del hotel más europeizado de nuestra ruta, salvo por la diferencia de que se podía fumar dentro del hotel (todavía no han llegado las leyes antitabaco al reino alauí, pero todo llegará…).

Algunos de los paisajes que visitaremos en los próximos días:

Moyen Atlas

El Jorf

Gorgues du Dadés

Asilah

Nos vemos en el próximo post…

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