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Bardenas Reales “Vandoleras”

¡Cómo no no nos va a gustar las Bardenas, siendo como fue, refugio de “Vandoleros”!

Durante siglos, los bosques que cubrían las Bardenas y los cabezos de complicado acceso, fueron refugio para salteadores, bandoleros y otras gentes de mal vivir, e incluso nobles caídos en desgracia por algún crimen. Uno de los más famosos es Sanchicorrota.

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Cabaña bardenera

La leyenda habla que Sancho de Rota, más conocido con el apodo de Sanchicorrota, se le le atribuía una gran bravura y astucia, tanta que, aprovechando la falta de poder durante las guerras entre Agramonteses y Beamonteses del siglo XV, llegó a considerarse así mismo como “Rey de las Bardena”.

El forajido, que se había emboscado Bardenas, mandó a unos compinches construir una cueva en lo alto del cabezo que hoy lleva su nombre. Tal era la ferocidad del pieza, que los asesinó posteriormente para que nadie conociese la ubicación de su guarida.

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Al fondo Cabezos de Piskerra, entre ellos Sanchicorrota.

La leyenda cuenta que él y todos sus secuaces habían dado la vuelta a las herraduras de sus caballos para que las huellas que dejaban en su huída por las tierras de Bardenas despistaran a la justicia. Aun con todo, los caballeros del rey Juan II fueron acabando en 1452 con todos sus compinches, hasta que sólo quedó Sanchico. Al verse rodeado en su montaña se quitó la vida con un puñal. Posteriormente, la justicia de aquellos tiempos no dudó en que para dar ejemplo, se expusiera su cuerpo en Tudela en una horca para escarnio popular, tras pasearlo por Arguedas, Valtierra y otros pueblos.

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Bardenas

 

 

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Vuelta a casa desde Almería

Una vez que salimos de la depresión del desierto de Tabernas, nos enfrentamos a las sierras de nuevo. La provincia de Almería se asocia al sol y tierras desérticas, y prueba de ello son las crónicas de estos últimos días. Sin embargo, cuenta con comarcas interiores donde una vez en las alturas se puede apreciar que en ocasiones la nieve hace acto de presencia durante el invierno.

Vamos culebreando por la sierra de los Filabres hasta descender a la comarca de Albox, despidiéndonos definitivamente en este viaje de Almería. Desde la carretera, siluetas blancas sobre barrancos ocres es la panorámica que nos dejan los pueblos como Cobdar, Albox o Taberno. La carretera que nos acerca hasta la comarca de los Vélez, está vigilada por manadas de almendros que como un ejército extraterrestre forman filas sobre la tierra gris lunar. Es todo lo que puedo recordar, debido al sube y baja y al curveteo que nos regaló la AL-7101. “Cuantos más números en la denominación de la carretera más diversión”. ¡Es un axioma garantizado, oiga!

El pueblo de Vélez Blanco presenta un doble encanto: la belleza luminosa de su casas blancas y el emplazamiento de su callejuelas desparramadas alrededor del castillo que corona los primeras recuestas del cerro Maimón, como si quisiera vigilar la entrada de la Sierra María-Los Vélez. Esta vez si que podemos apreciar su belleza: hace unos días cuando veníamos hacia Almería, en ese mismo punto era el blanco del granizo el que nos saludaba. En esta comarca podemos apreciar estepas amarillentas trufadas de encinas, vigiladas de cerca por las crestas calizas de la sierra. Estos lugares luchan porque la denominen nacimiento del río Guadalquivir.

Seguimos por carreteras olvidadas. En el límite entre Lorca y Vélez Rubio, se puede apreciar desde la distancia una viejísima alcazaba que se levanta aún con dignidad. El castillo de Xiquena parece que quiere contar, a quienes sepan escuchar, relatos de escaramuzas en la lucha por la reconquista del Reino de Granada. Al circular por carreteras cuaternarias, tenemos la suerte descubrir paisajes algo insólitos, como una especie de campo de concentración con sus cabañas metálicas alineadas, que resulta ser una granja de cerdos. Así mismo, puedes encontrarte, por ejemplo, con una tortuga cruzando la carretera. Es gracioso ver como, en estas carreteras ignoradas de los mandamases, se pierde el boato de los cartelillos de anuncio de paso fronteras provinciales. Así vamos realizando el paso comunidades por la puerta de atrás, en plan bandolero…

Nos adentramos ya por Murcia, deseando llegar a la provincia de Albacete. Se nota que llegamos La Mancha: el horizonte es más plano, y la carretera rectilínea, sin dejar de ser divertida. Vamos dejando atrás diferentes villas: Caravaca de la Cruz, Calasparra, Jumilla, Yecla, hasta llegar a Almansa.

La jornada siguiente ya es un día en “modo return”. Aunque hoy termina nuestro viaje, no vamos a dejar de disfrutar las carreteras. Nacionales postergadas a un segundo plano, debido a las autovías y vías rápidas. Si a esto le añades la escasa población de las regiones por las que pasamos, las hacen una perita en dulce para rodar por ellas. ¡Que vivan las carreteras secundarias!. Pasamos por Springfield, sin ver a Homer y nos acercamos a la despedida con Hombre Cansado. “Tú a Cuenca y nosotros a Teruel”. Desde allí me dejo caer por la N-234.Una carretera ideal para ir solo, a tu aire, dejando que la moto vaya como quiera, sin agobios, sin tráfico. Pero hete aquí que siempre tiene que haber algún mentecato que se pegue a tí, te adelante en línea continua, te cierre el paso… Y no estoy hablando de varios coches, solo de uno. Una maldición vudú no estaría mal en estas ocasiones…

Pero no me quiero quedar con malas sensaciones de esta semana. Volvimos a ir a Almería, y volvimos a disfrutar de su luz, sus paisajes, sus carreteras.

Nos despedimos de la ruta acercándonos a Bardenas. De nuevo dos  desiertos unidos por una moto…

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VANdalucía (5). Vuelta al Norte

Lagunas de Ruidera

 Desde los Cerros de Úbeda a la Sierra de Cuenca

Hoy volvemos al norte… Richard nos guía por las comarcas entre Granada y Jaén. En su momento, cuando revisas los mapas de la ruta, te imaginas como pueden ser los paisajes que se esconden en ellos. Pues bien, todo lo supuesto de esta zona es totalmente diferente a los que estoy viviendo. A un lado la Sierra de Mágina y al otro la de Cazorla, hacen de esta parte de la jornada una buena experiencia. Hacia el sur, se ven grupos de cumulonimbos, señal de que se avecinan las tormentas. Hemos tenido suerte y buen tiempo todos los días…

Existen los cerros de Úbeda -doy fe de ello-, y no me importaría escaparme por ellos un fin de semana sí, y otro también. Cuando te fijas, en medio de las lomas hay algún pastor; y si saludas recibes una respuesta, señal de que los coches no le interesan, pero si los locos de las motos… El gigante, esta vez, pinta con escuadra y cartabón las líneas verde grisáceas de los olivos en un lienzo de fondo ocre claro.

Richard se despide en Úbeda, y nosotros continuamos por la A-32, dirección Albacete. Una vez pasada la frontera entre Andalucía y Castilla La Mancha, desaparecen los olivos y el paisaje cambia. De los olivos al centeno y los alcornoques, de las serranías a la planicie. Intentamos acortar la ruta, para llegar al punto de encuentro con Sergio, que otra vez nos va a acoger en su casa. Un desvío mal señalizado, y al final nos equivocamos para recorrer lo que en el mapa Michelin está definida como una “carretera mal asfaltada”. La primera sorpresa, las señales. Y después una carretera con mal piso que poco a poco que se convierte en una pista pedregosa pero que nos conduce hasta finalmente hasta Albadalejo (Ciudad Real)

Señales

 

La Mancha

Desde aquí se acabaron las curvas. La Mancha: donde la belleza está es su propia austeridad, en su monotonía. Donde no hay distracción visual, pero esta circunstancia aumenta, a su vez, la imaginación del viajero. No es difícil figurarse que, sin estas llanuras, Don Quijote no podría haber existido. En esta tierra donde todo es camino, sin ninguna restricción a la fantasía, el caballero andante se sentiría en cómodo, feliz, sumamente contento… Vamos atravesando llanos, kilómetro a kilómetro. De Albadalejo a Montiel, y finalmente llegamos a Ossa de Montiel. Recorremos las Lagunas de Ruidera, el oasis en pleno campo manchego. Desde allí, otra vez hacia el Norte: La Mancha, tan ancha…

Castillo de Alarcón

Llegamos a Alarcón ya casi anocheciendo. A pesar del calor que hemos pasado hoy, Sergio nos avisa: “poneros todo la ropa de abrigo que tengáis”. No me imagino que vaya a haber un descenso tan brutal de las temperaturas, pero por si acaso, le obedezco, me pongo todos los forros. Esta vez no conduciremos al atardecer, sino más bien en plena noche. Una gran luna llena como un plato aparece por la línea plana del horizonte y nos acompañará un buen rato…

Entramos en Cuenca, con el moco colgando… En Alarcón, dudé en ponerme los guantes de invierno, pero no quería ser exagerado. Me hubieran hecho falta… Menos mal que hice caso a los lugareños… Seguimos la conversación de días pasados: nos reímos un buen rato. Las próximas rutas invaden nuestros pensamientos: ¿volver a África de nuevo?

El “modo return” y el día (del juicio) final

Como buen conocedor y sherpa de la zona, Sergio nos guía por la serranía de Cuenca, esta vez por el Puerto del Cubillo, bordeando los Montes Universales. Una pena estar en “modo return” y no disfrutar de la zona. Buenos paisajes, buenas carreteras y buen tiempo, pero cuando se presiente el final del viaje, entramos en el epílogo, y solo hay pensamientos para llegar a casa. Una pena. Hay que volver a Albarracín…

Me despido de Juantxi y de Sergio. Ya por la tarde me encamino dirección totalmente septentrional. Nada más enfilar la carretera nacional, vislumbro lo que me espera. Un viento norte castigador e inmisericorde me acompañará el resto de la jornada. Trescientos treinta y tres km contra el viento. Con la moto a tope y como máximo 80 km por hora… Por el retrovisor veo venir unas motos, les doy paso con aspavientos, hasta que me doy cuenta que se trata de la pareja de la Guardia Civil… Aminoran la velocidad al adelantarme en una recta descomunal, y continúan ruta. Más adelante, me los encontraría situado en el arcén, controlando a los viajeros, me hacen señales para que continúe, me saludan y se quedan observando la “amotillo” desde la distancia, según veo por los espejos.

En el valle del Ebro el viento arrecia de manera desalmada conmigo. Nos acercamos a una gran ciudad y hay más tráfico, sobre todo de camiones. Esta vez ellos pueden, y nosotros no; nos adelantan de manera despiadada. Ni siquiera podemos mantenernos a rebufo. Tengo que parar un poco para dejar descansar a Grisácea, que en ningún momento se ha quejado; más bien es la escusa para dar a mis posaderas algo de alivio. A la salida de La Almunia, un control; procedo a soplar en el alcoholímetro, y cero “points”… Mientras me coloco guantes, cascos, etc, se acerca un patrullero.

– ¿Es cómoda? – me pregunta por la moto.

– Por supuesto, lo único que hoy el viento no nos da tregua y con 12 caballos…

– ¿Hasta dónde vas?

– Hasta Pamplona; hoy vengo de Cuenca, pero hemos estado unos días en Almería.

-(Silencio y cara de sorpresa) Si vas por la carretera del desierto*, ten mucho cuidado con los camiones, van como locos…

– Muchas gracias, señor agente

– ¡Buen viaje!

*En Zaragoza apodan al tramo de 36 km entre La Almunia de Doña Godina y Magallón, como la “carretera del desierto”.

Bardenas Reales

Otro desierto en el viaje. No es el último. Me costará llegar a las Bardenas, pero gritando al viento dentro del casco (algo así como el Teniente Taylor), lo consigo. Aun me falta unos 100 km; me meto por todas las carreteras vecinales que encuentro para evitar la nacional, y ahorrarme la idea de que los coches se pongan a milímetros de la Dunlop.

De nuevo me pilla el atardecer, y allí enfrente se extienden la llanura del cielo granate y algo más abajo el inextricable laberinto de montañas de color azul. ¿Cuándo los volveremos a ver?

Atardece en el valle del río Arga

 

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Foto Van Van. Huella

Rodada Van Van

Huella

Realizada en el Parque Natural de las Bardenas Reales (Navarra)

Foto enviada al Concurso Calendario 2014 del Foro VanVan Motoclub

(http://www.suzukivanvanmotoclub.com)

 

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Bardenas – Calatayud (vanvaneando con Pluto.1)

Van Bardena

Quedé con la pareja de dos (Pluto y Julitro) en Liédena (Navarra), una vez que había estado en todos los lugares habidos y por haber en el Pirineo Oscense, y que se hubieran chupado toda el agua del mundo, los día previos. Lo cierto es que, a pesar de todo no se les veía demasiado cansados.

Nos esperaba la pista del desierto de Las Bardenas; esta vez la cruzamos la Bardena Blanca de norte (Carcastillo) a sur (Arguedas). Pasamos por los lugares de rigor, para inmortalizar el evento. Durante la ruta por las pistas habilitadas, iba oyendo un ruidillo en la zona del faro, pero como a todos nos vibra, no me preocupé demasiado. Teníamos previsto atravesar también la Bardena Negra (una ruta que tengo pendiente), pero el calor reinante nos hizo desechar la idea, y parar a comer en Cortes (Navarra), en el restaurante La Abuela. Al parar me di cuenta que el citado “ruidico” eran los tornillos del faro que se habían ido aflojando poco a poco y este se vino abajo. Menos mal que tanto Pluto como Juli, llevan un poco de todo, y se solucionó con un poco de cinta americana.

Manolo en las Bardenas

Bardena Blanca

Monumento al pastor bardenero

Tras el descanso, nos dirigimos por el Campo de Borja, hacia Calatayud. En una de las paradas, se nos acopló una Garravan (ver definición en el diccionario vanvanero), que no fue descubierta hasta el día siguiente cuando nos dispusimos a desayunar en el hotel. Dicho alojamiento estaba a las afueras de la ciudad bilbilitana y, por cierto, nos salió la mar de barato (cada vez que íbamos a preguntar algo a recepción, nos hacían un descuento).

Continuará…

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