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Algarve. Sierras y ribera del Guadiana

El Algarve serrano y la vega oeste del Guadiana.

“Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos”. Pessoa

Serra do Algarve

Serra do Algarve

Una vez bordeada la costa atlántica de sur a norte, toca volver al este, pero esta vez lo haremos por el interior. Nos adentramos en un Algarve diferente al que hemos vivido hasta ahora. Nos despedimos de la costa bravía del Parque Natural del Suroeste Alentejano para adentrarnos en la serranía. Los caminos se adaptan tan bien al relieve de estas montañas, que el viajero, sin darse cuenta, se encuentra en el Pico da Foià, el techo del Algarve. A pesar de sus poco más de mil metros se convierte en el mirador natural de esta comarca, pudiendo contemplar tanto el litoral algarvio como la costa Vicentina y el vecino Alentexo. Y hacia la derecha la sierra de Monchique, una sucesión de olas montañosas azulinas que desembocan en la ribera del Guadiana, hacia donde dirigimos nuestras máquinas.

Serra do Algarve

Serra do Algarve

Nos vamos adentrando en el interior de las sierras, rumbo a la antigua capital musulmana del “al Gharb”: Sillves. Nos saluda desde el altozano de la villa un castillo de piedra roja, que da la falsa impresión de que esta recién construido con arcilla recién amasada.

La sierra do Caldeirâo, está trufada de tradicionales pueblecitos con su iglesia, su plaza y su café. Unos arrebujados en una ladera, otros en el fondo de algún valle, pero todos de casas blancas con los bordes azul cobalto. Un blanco que al viajero le recuerdan a las casicas de La Alpujarra. Ese “otro Algarve”, más desconocido, se extiende entre montes ondulados, combinando el verde de los bosques y los amarillos de las jaras.

Serra do Algarve

Serra do Algarve

Otro error de cálculo, hace que caigamos hacia Loulé, y que el camino se llene de curvas, de alcornoques, de matorrales y rudeza. Los caminos están rodeados de bosques de eucaliptos, rebosan de trajinantes pick-ups y se encuentran adornados de grupos de cigarras volantes. Los primeros, con sus residuos de hojarasca, hacen del camino un rally-raid. Los segundos, ejercitan la entereza anímica del piloto. Y la hermandad de las indolentes chicharras, que sobrevuelan atacando el casco del viajero, ponen el toque silvestre al periplo. Pero, de repente, como en una buena fábula, todo cuadra. Como si todo estuviera en su tiempo y su lugar preciso. Esa curva que se cierra súbitamente, esas hojas de eucaliptos en medio de la calzada, ese camión que hay que adelantar y levanta gravilla delante de la rueda de la RV, esas camionetas que vienen desbocadas en dirección contraria… La moto se adapta al piloto y, recíprocamente, el humano se aclimata a la afable y campechana máquina. “Todo está en el lugar y tiempo adecuado”. Es entonces cuando, por unos instantes, el viajero se ensimisma en su “motociclo-aventurilla” por tierras lusas.

Arribados a Cachopo, los parroquianos se arremolinan en una tasca al borde del camino, revoloteando alrededor de los argonautas (*) recién llegados, como las cigarras de la sierra: ociosos y curiosos a la vez. Lo tienen fácil con los fiesteros motorizados.

(*) véase segunda acepción del diccionario de la RAE.
Atardecer en Sanlúcar del Guadiana (desde Alcoutim)

Atardecer en Sanlúcar del Guadiana (desde Alcoutim)

Llegamos al Guadiana. Frontera. Dos pueblos en espejo: Alcoutim y Sanlúcar del Guadiana. Uno enfrente del otro. Casas blancas y castillos a ambas orillas. Historias de contrabando parejas a ambas riberas del río. En faenas, amores, desamores y risas, tampoco deben de ser grandes la diferencias.

Última noche en Portugal. Disfrutaremos por última vez de los aperitivos que te ponen antes del plato principal (el pâo com manteiga e sal, las azetinonas, el óleo, los queijos…),  y el viajero descubre que el lagarto ibérico no tiene escamas y está delicioso.

Guadiana (desde Alcoutim)

Guadiana

Vamos descendiendo por la vega lusa del Guadiana, por donde discurre una carreterilla bien pegada al río. El gran río da vida a las dos orillas, sin distinguir una de la otra. A pesar de encontrarnos algunas parroquias por el camino, da la sensación de ser un paraje agreste y poco domado. El viajero piensa en lo curioso que tiene que ser pasear al borde mismo de esta Raya, e ir saludando a caminantes de uno y otro lado, alternando idiomas hermanados. Y comprobar que rítmicamente cambia de hora, como si pudiera hacer un viaje en el tiempo, retrocediendo y avanzando según su gusto.

El viajero va a echar de menos este “otro mundo” que es Portugal. Porque, a pesar de estar tan cerca, es otro mundo. La paisanos no gritan y son amables y pacientes con el forastero. Los horarios son distintos y la gente se recoge antes en sus casas. Y en ocasiones parece que el tiempo se ha detenido, como cuando ves preparar a las pescaderas el producto recién traído del mar en el mercado de Aljezur; o cuando el pastor te saluda con nobleza desde el arcén camino de Alcoutim; o cuando te sirven la comida en un santiamén en Salir, porque las camareras y el cocinero también van a comer… Vuelves atrás a un tiempo donde todo era más franco y sencillo.

Castro Marim

Castro Marim

La última parada la haremos en Castro Marim. Las marismas que la rodean refulgen al sol de media mañana; ya huele a salitre de nuevo, aprieta la calor y las tierras se allanan. Una vez el camino se aleja ligeramente de la ribera del Guadiana, el viajero se siente repentinamente melancólico. Quizás sea por el calor. Quizás por lo inminente del final del viaje. Quizás por los recuerdos: los acantilados, los hostels, la cataplana, las Sagres… No queda más remedio que acudir de nuevo a la barcaza que nos conducirá de nuevo a Ayamonte. Antes le aguarda la brisa del Atlántico en el rostro, ya se ve de nuevo el mar. Solamente por eso, el viajero retoma la senda del buen humor.

Castro Marim

Castro Marim

El viajecillo en la barcaza me sirve para pensar en Portugal como la vecina apenas conocida que siempre tiene un poco de sal cuando más lo necesitas. Esa vecina que cuando haces una fiesta en casa, no solo no te llama al orden, sino que trae un buen vino de Oporto para tomarlo con todos los fiesteros. Y es que compartimos una frontera kilométrica, un pasado común y una historia semejante, pero vivimos de espaldas a este país. Y el viajero piensa que es a la vez un destino cercano, insólito por su espontaneidad y francamente accesible tanto por su cercanía como por sus precios. Sencilla y llanamente, han estado igual o más jodidos que nosotros y por ello todavía resultan accesibles al bolsillo del españolito medio.

Pero, querido lector, no me hagas mucho caso y, siguiendo la cita de Pessoa, te invito a que seas tú mismo el que veas y seas tu propio viaje.

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