Suzuki Van Van Morocco (4). Disfrutando de Erg Chebbi

Suzuki Van Van en Erg Chebbi (Marruecos)

Sin haber propuesto una hora de salida, todos los moteros nos encontrábamos preparando los equipajes a las 08:00 a.m en punto. La ruta de hoy promete, ya que nos acercaremos al Erg Chebbi. Se trata de una gran superficie arenosa en la entrada del desierto del Sáhara, colindante con la frontera de Argelia. Los ergs son, en la imaginación del viajero, el desierto propiamente dicho: la interminable extensión de dunas que se asemejan a un mar de olas inmóviles, donde transitan las caravanas de camellos entre oasis perdidos.

La ensoñación del desierto

Sin embargo, la gran mayoría del desierto está compuesto por llanuras pedregosas, conocidas como hammada. Atravesando estas planicies nos vamos acercando a Merzouga, donde nos sorprende la aparición de densos palmerales incrustados entre pétreos valles. La vegetación en estos lugares es tan compacta que los poblados desaparecen entre las palmeras. Las carreteras siguen llenas de vida, pero van cambiando sus gentes: aparecen los primeros “hombres azules” y las mujeres ya no visten chilabas coloridas, sino que se cubren con tejidos de color negro. Los borricos pensativos tampoco faltan en las cunetas. Vendedores de todo tipo: fósiles, alhajas de colores imposibles, pequeños muñecos de dromedarios, pañuelos para el turbante berebere, el velo azul de los Tuareg,… No dudan en poner reclamos al borde de la carretera para que pares a regatear con ellos. Este risueño chaval nos enseñó a ponernos el velo al estilo Tuareg. Él ya no se acordará de nosotros, pero nosotros nos acordaremos de él, siempre que nos pongamos el pañuelo…

Van Tuareg

Pilotando por la hammada

Y niños, siempre niños; sea donde sea, aparecen niños…Fueron unos chavales en Erfoud, donde nos guiaron para coger la carretera R-702, que va directamente a Hassilabed, sin pasar por Rissani ni Merzouga. Comienza siendo una carretera asfaltada, que acaba convirtiéndose en una pista que discurre más o menos paralela a la N-13. Lo cierto es que no conocíamos su estado, pero las informaciones que habíamos recogido por internet nos decían que se trataba de una pista relativamente fácil. Nos adentramos en ella a lo bestia, sin haber valorado la presión de los neumáticos, sin ajustar correctamente los equipajes, sin pensar que hacer si hubiera algún contratiempo… vamos, que había ganas de llegar a Alí el Cojo. En una parada en medio de la nada, ajustamos la presión de los neumáticos. Disminuir la presión de las ruedas para circular off-road, y más en nuestras motos con ese pedazo balón que tenemos por rueda trasera, se nota y mucho. Con unos 1,00 – 0,75 bares la conducción es más segura y agradable…

Revisando las motos en mitad de la hammada

La pista de unos 30 km te va acercando paulatinamente al Erg Chebbi y es alucinante ver apareciendo ante ti, como si fuera un espejismo a través de la hammada, el mastodóntico grupo de dunas con su color anaranjado-rojizo, destacando sobre el amarillento de la planicie que las rodea. Que una motillo como las nuestras, te permita ver algo como esto, hace que no la quieras cambiar por otro medio de locomoción…

Espejismo del erg apareciendo ante nosotros

Por fin llegamos al Albergue Atlas du Sable de Alí el Cojo. Al menos para mí, fue como una “misión cumplida”, llevábamos muchas semanas dándole vueltas a la cabeza, sobre si podríamos o no llegar hasta ese rincón de Marruecos con nuestras motos, y mira tú por donde, allí nos habían llevado las Van Van. Cabe decir, y no es invención ni arrogancia, que fuimos interrogados en múltiples ocasiones y con gran sorpresa por parte los que preguntaban, de cómo habíamos sido capaces de llegar con aquellas motillos hasta Merzouga. La verdad es que, a mí no me ha cambiado el concepto que tengo de esta moto, pero si me ha reforzado la idea que con ella se puede hacer cualquier cosa que te propongas; lo único que tienes que tener es tiempo para disfrutar del camino que elijas.

Llegados a Alí el Cojo, precisamos reposar del camino: al fin y al cabo, estamos en una región desértica y las temperaturas sondarían los 35-40º. Con unas buenas brochetas de carne y el té moruno a la sombra del Albergue, las cosas se ven de otra manera. Algunos decidieron llegar hasta el lugar donde acaba la carretera N-13, muy cerca de la frontera con Argelia, y otros nos dedicamos a pasear las motos por las dunas y sacar alguna que otra foto. Como no podía ser de otra manera, y tras cualquier recoveco arenoso, aparecía un chaval a ofrecerte algún fósil, camellos en miniatura, colgantes con la cruz berebere, alguna rosa del desierto, etc.

La gran ghourd

Al atardecer y en dos vehículos 4×4, Alí y Youseff nos condujeron hasta las haimas. Yousseff es un berebere que está acostumbrado a manejar los nuevos vehículos de transporte que se utilizan en el desierto, sustituyendo a los camellos. Si alguna vez podéis disfrutar de un paseo por allí en 4×4 y aunque os parezca que la pendiente en curva de la duna se torna imposible para un vehículo de cuatro ruedas, nunca grites al conductor “¡¡¡para, para, para!!!”, ya que éste no te hará caso y al cabo de unos minutos te responderá: “¡paraaa, paraaa, paraaa!, ¡si paro no paso, me quedo atrapado…!”.

En 4×4 por el océano arenoso

Ali el Cojo dominando los elementos

En pleno océano arenoso, pudimos disfrutar de cómo los colores rojizos jugaban con las dunas antes de la puesta del sol. Cada vez te pones a hacer fotos hacia el Erg te acompaña una sensación de irrealidad. La sensación de que las cosas más importantes pueden parecer vacías, sin sentido. De todas maneras ninguna instantánea fotográfica puede hacer sentir la fuerza de un panorama como ése.

Irrealidad

Olas inmóviles

Atardecer en el Sahara

Las haimas son tiendas de campaña, al estilo berebere. Unas sencillas mantas hacen las veces de paredes para dormir en colchones a ras de suelo. Nos ofrecieron una cena con la harira, la típica sopa marroquí compuesta de tomate, apio, perejil, cebolla, algún garbanzo o lenteja y huevo escalfado. Se le suele añadir también fideos o arroz, y algo de harina para espesarla; todo ello condimentado con pimienta y una gran cantidad de especias. Completamos la cena con tajine de cordero. Aprovechamos la ocasión para disfrutar de la salida de la luna llena a través de las dunas, fumarnos un habano mientras nos introducíamos de lleno en la noche con canciones típicas bereberes y, finalmente, acomodarnos a descansar en nuestros vivacs.

Berebere

 

Nos vemos en el siguiente post…

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